La Espada al Servicio de la Cruz: El Rey Leproso de Jerusalén

En Jerusalén existieron 4 grandes reyes, el primero, David; el segundo, Salomón; el tercero es más ni menos que el Rey de Reyes, Jesús de Nazaret; y el cuarto, en quien nos vamos a centrar, Balduino IV, o mejor conocido como El Rey Leproso.

Nuestro rey nace en 1161 en Jerusalén, hijo de Almalarico I, y asciende al trono a la edad de 13 años en 1174 tras la muerte de su padre.

Fue educado por Guillermo de Tiro, historiador de las Cruzadas y a la postre Arzobispo de Tiro, él fue quien detectó una enfermedad en el joven heredero que no tenía cura, la lepra.

A pesar de esto, el joven heredero decidió asumir su destino y es coronado tras la muerte de su padre Almalarico I, quien falleció de disentería durante el sitio de Banias en 1174.

Las cosas para el nuevo rey no eran nada halagadoras, Balduino IV se enfrentaba a una constante tensión al interior de Jerusalén a causa de las rivalidades entre los cruzados, además del asedio musulmán, pues a la par de que Balduino iniciaba su reinado aparecía en el mapa un brillante militar conocido por la cristiandad como Saladino, quien se alzaba como sultán de Egipto e iniciaba su carrera expansionista.

Un joven rey enfermo, desahuciado, sin descendencia y con todo en contra, fue subestimado por los suyos y por el mismo Saladino, pues a este le propinaría la más grande derrota al humillarlo a él y a su ejército en la batalla de Montgisard cuando Saladino intentaba conquistar el reino de Jerusalén.

La abnegación, la valentía y la fuerza de voluntad de Balduino fueron la fórmula perfecta para que este hombre obtuviera la admiración y respeto no solo de sus súbditos, sino también de sus enemigos.

Montgisard

La batalla de Monstgisard convirtió a Balduino IV en un héroe para toda la cristiandad, pues a pesar de ser menospreciado por Saladino y su imponente ejército, logró derrotarlo contrario a todos los pronósticos.

Saladino se plantó a las puertas de Jerusalén luego de su campaña por Palestina donde prácticamente no encontró resistencia, a sabiendas de esto, Balduino logró reunir a unos cuantos caballeros y evacuar la ciudad para dirigirse a Ascalón, ubicada a poco más de 70 km de Jerusalén,  donde se puso a salvo.

El contingente que lideraba Balduino era de 375 caballeros cruzados incluyendo a cerca de 80 templarios, así como entre 4 mil y 6 mil infantes, muy inferior al abrumador ejército de Saladino que ascendía a aproximadamente 26 mil hombres.

Saladino infravaloró a su oponente cristiano, pues dividió su ejército y envió un contingente a hacer frente a Balduino en Ascalón, sin embargo, el Rey Leproso, quien llevaba consigo la reliquia de la Vera Cruz, aquella donde Jesucristo pasó sus últimos instantes, tomó valientemente la iniciativa y atacó  inteligentemente a Saladino por la retaguardia, sin darle tiempo a este de organizar una buena defensa.

Ante este ataque Saladino logró de milagro salvar su vida gracias al arrojo de los mamelucos que dieron su vida para defender a su señor.

Saladino logró huir y ese 25 de noviembre de 1177 Balduino obtenía la gloria, esa fecha sería instituida como fiesta.

El arrojo y la fe de este valiente joven al frente de sus hombres, quien llevaba las manos vendadas para mitigar el dolor de sus llagas al empuñar su espada, salvó a Jerusalén e infringió una inesperada humillación a Saladino.

En 1185, la lepra le arrebataba la vida al joven monarca, quien con el rostro desfigurado y las manos y pies mutilados por causa de la enfermedad moría a la edad de 24 años.

Tras su muerte, la inestabilidad en el Reino y la decadencia de sus gobernantes derivó en la caída de Jerusalén a manos de Saladino en 1187 que después de rearmar su ejército continuó el embate contra los infieles cristianos.

Esto desencadenó la tercera cruzada que dio inicio en 1189, famosa por la participación de Ricardo Corazón de León, pero esta es ya otra historia.

En tiempos como este es imprescindible imitar a aquellos hombres y mujeres poseedores de virtudes, que ante las dificultades como las que enfrentó Balduino, una terrible enfermedad que lo aquejó gran parte de su vida y la responsabilidad de asumir la corona de un reino a pesar de su condición, no se dejaron vencer.

La lepra mermó su cuerpo pero no su espíritu, su fe en ese Rey pobre que lo antecedió un milenio atrás se mantuvo intacta hasta el final de sus días.

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